Los días 5 y 6 de octubre, SODePAZ asistió en Bilbao a las Jornadas Internacionales “Palestina: economía del genocidio y empresas cómplices”, organizadas por Paz con Dignidad y su Observatorio de Multinacionales en América Latina (OMAL). Durante dos días, activistas y personas expertas, tanto palestinas como de otros países, analizaron el papel de las empresas, la banca y las grandes tecnológicas en la ocupación y el genocidio, y debatieron cómo exigir responsabilidades, con una mesa dedicada a las estrategias y el impacto del BDS. Para nosotras, fue una cita natural: entender quién se beneficia del genocidio es el primer paso para dejar de financiarlo.
Espacios como este sostienen una causa que hay que defender cada día, aunque el mundo mire para otro lado, aunque la fatiga informativa empuje a pasar de página, aunque parezca que ya se ha dicho todo. Seguir ahí, sin cansarse, es también una forma de resistencia frente a un genocidio que no se puede normalizar y que no puede quedar impune.
Pero esa resistencia no cabe solo en las salas de jornadas. A veces aparece donde menos se espera: en un campo de fútbol. Unos días antes, la selección de Irlanda tuvo que hacerse una pregunta que ninguna plantilla querría hacerse: ¿se puede jugar como si nada contra Israel mientras se comete un genocidio en Gaza? Sus jugadores lo votaron entre ellos, y el portero Gavin Bazunu decidió no participar en los partidos como gesto personal contra la guerra. Los demás salieron al campo, pero no con normalidad: no estrecharon la mano a sus rivales, miraron al césped durante el himno israelí y llevaron brazaletes negros en memoria de las víctimas de Gaza. Desde el Gobierno de Israel acusaron a Dublín de estar “en el lado equivocado de la historia”. Nosotras creemos todo lo contrario, que están en el lado correcto.
Cuando una selección de fútbol decide que no puede jugar como si nada contra un país que comete un genocidio en Gaza, se suma a un movimiento que lleva años creciendo en calles, parlamentos y mercados. En SODePAZ, que defendemos la causa palestina desde 1993, reconocemos en ese gesto una forma más de activismo. Es el de las personas que salen a la calle, el de quienes deciden qué compran y qué no, el de los gobiernos que, como Irlanda, prohíben por ley los productos de los asentamientos ilegales, y también el de unos futbolistas que se niegan a dar normalidad a lo que no es normal. Ninguna de estas acciones basta por sí sola; todas suman.
Esa es la lógica con la que trabajamos: sostener la denuncia, acompañar a las organizaciones palestinas de derechos humanos, organizar mesas de debates, exposiciones, homenajes a las víctimas, y difundir el boicot, la desinversión y las sanciones (BDS) como herramienta al alcance de cualquier persona. Defendemos que el derecho internacional no es un adorno diplomático, que el pueblo palestino tiene derecho a existir, a su tierra, a su hogar y a una vida digna, y que la solidaridad internacional debe traducirse en medidas concretas, también en los espacios que parecen más ajenos.
Del auditorio de unas jornadas al césped de un estadio, el deporte, la cultura, el consumo, el comercio y la política institucional son espacios donde se decide, y en todos ellos se puede elegir entre normalizar o señalar. Ante un genocidio, no hay terreno neutral.
Con Palestina, siempre.

