El 1 de julio nos reunimos en Bilbao, en la sede de la Coordinadora de ONGD de Euskadi, con Claudia, representante de Penca de Sábila. Para quien no la conozca: es una organización ecologista y feminista con sede en Medellín (Antioquia, Colombia) que lleva décadas trabajando en tres frentes — el agua comunitaria, los derechos de las mujeres rurales y la soberanía alimentaria — con una coherencia y una trayectoria que reconocimos desde el primer momento como muy cercanas a la nuestra.
La reunión fue de esas en las que cuantas más cosas cuentas, más puntos de conexión aparecen. Claudia nos explicó cómo Penca acompaña a los acueductos comunitarios de los corregimientos rurales de Medellín: estructuras de autogestión del agua que la legislación colombiana, hasta hace poco, trataba con los mismos requisitos que a una empresa pública. Gracias a años de incidencia sostenida de la red nacional de acueductos comunitarios, en la que Penca participa activamente, el gobierno anterior aprobó una política pública nacional de gestión comunitaria del agua. Pequeña victoria enorme, de esas que se construyen despacio y duran.
También nos habló del programa de mujeres, que acompaña a unas 400 campesinas organizadas en dos redes intermunicipales. El trabajo va desde la formación en derechos hasta la incidencia en los planes de desarrollo municipal, pasando por los comités de cuidado — estructuras de apoyo mutuo ante situaciones de violencia. Y en 2024 celebraron su primera Escuela de Participación Social y Política para Mujeres, con 160 participantes de 60 organizaciones. El resultado más reciente: la constitución de una plataforma departamental de mujeres en torno al concepto de agroecología antipatriarcal, que busca tensionar un movimiento agroecológico que aún reproduce demasiados roles esencialistas.
Y luego está Coliflor: un circuito de economía solidaria en marcha desde 2003 que articula 121 fincas agroecológicas en torno a una tienda de comercio justo en Medellín, con precios acordados colectivamente y una batería de indicadores de transición agroecológica. Todos los huevos y aves del circuito deben ser producción de mujeres. No como detalle simbólico, sino como materialización concreta del enfoque de género en la economía.
Nosotras también pusimos sobre la mesa nuestro trabajo: casi 40 años de cooperación internacional, los proyectos activos en Guatemala, Haití, Cuba y Palestina, la tienda de comercio justo en Madrid, y el enfoque de género que atraviesa cada vez más explícitamente todas nuestras líneas de acción. Cuanto más contábamos, más evidente se hacía el terreno común: el agua y la gestión comunitaria, la energía como condición para la autonomía de las mujeres, la agroecología, la economía solidaria.
Fue una primera reunión de acercamiento, sin prisa ni compromisos cerrados. Pero salimos con ganas reales de explorar posibilidades concretas de trabajo conjunto. A veces los encuentros más fructíferos empiezan así: reconociéndote en el trabajo de otra.