Nacida en La Paz en 1964, María Galindo es psicóloga de formación, pero se ha hecho un nombre como activista, comunicadora radial y artista, y es hoy una de las voces más influyentes del feminismo latinoamericano. Lleva más de treinta años combinando pensamiento, calle y creación para luchar contra el patriarcado y el colonialismo en Bolivia, y su tesis de la despatriarcalización, forjada desde la calle y no desde el aula, la ha convertido en una referente indiscutible.
En 1992, cofundó, junto a Julieta Paredes y Mónica Mendoza, el colectivo Mujeres Creando, un movimiento anarcofeminista boliviano que desde entonces combina activismo callejero, arte y acción política para luchar contra el patriarcado, el colonialismo y las estructuras de poder, con especial atención a las mujeres indígenas, las trabajadoras sexuales y la población LGBTQ+. Sus grafitis —”ni la tierra ni las mujeres somos territorio de conquista”, “el feminicidio es un crimen del Estado patriarcal”— han llenado durante años los muros de La Paz y otras ciudades bolivianas, convirtiendo la calle en el principal espacio de enunciación política del colectivo.
Desde “La Virgen de los Deseos”, su casa autogestionada con sede en La Paz y Santa Cruz de la Sierra, Mujeres Creando ha construido durante décadas lo que Galindo llama una “oferta concreta de justicia” para las mujeres: no un simple servicio de asesoramiento jurídico, sino un acompañamiento que combina asistencia legal con la construcción colectiva de una utopía de justicia feminista, formalizada en su diplomado “Justicia feminista”. Codirige, además, Radio Deseo, espacio de denuncia y crítica social desde el que el colectivo lleva años incomodando tanto al poder estatal como a la propia cooperación internacional, a la que acusa de haber jugado un papel profundamente colonial en su relación con los feminismos del Sur.
Es autora de varios libros que hoy son referencia obligada para pensar el feminismo desde el Sur global: Ninguna mujer nace para puta (2007), No se puede descolonizar sin despatriarcalizar (2013) —donde desarrolló la tesis política por la que es más conocida— y Feminismo bastardo (2022), con prólogo de Paul B. Preciado. Su pensamiento parte de una idea central: no puede haber descolonización sin despatriarcalización, ni despatriarcalización sin descolonización, porque en las sociedades del Sur el patriarcado no es una estructura universal y unívoca, sino una estructura compleja, atravesada por capas coloniales, precoloniales e internalizadas, que hay que desarmar pieza por pieza. De ahí, también su rechazo a la narrativa de las “olas” del feminismo, que considera una genealogía eurocéntrica, y su defensa de múltiples genealogías feministas, tan locales cada una como cualquier otra.
Frente a los movimientos identitarios, a los que critica por homogeneizar la identidad y desviar la energía política hacia luchas que no cuestionan la estructura de privilegios de fondo, Galindo ha planteado el concepto de “alianzas insólitas”: vínculos entre sujetos a los que históricamente se les ha impedido relacionarse —mujeres indígenas, trabajadoras sexuales, personas lesbianas—, resumidos en la metáfora que ha hecho suya el colectivo: “indias, putas y lesbianas juntas, revueltas y hermanadas”. Como lesbiana declarada abiertamente desde sus primeros años de militancia, ha sido también una voz crítica dentro de los propios movimientos LGBTIQ+ institucionalizados, a los que acusa de repetir, generación tras generación, los mismos discursos sin producir pensamiento propio.
Su trabajo no ha estado exento de riesgo. Galindo ha sido procesada judicialmente por sus intervenciones callejeras —como el grafiti “El feminicidio es un crimen del Estado patriarcal”, por el que fue citada a declarar en 2015— y ha denunciado en numerosas ocasiones amenazas de muerte vinculadas tanto a su activismo territorial y económico como a episodios de homofobia. Frente a esa hostilidad, ha reivindicado sistemáticamente la alegría y la felicidad como forma de resistencia, rechazando la lógica de la victimización que, sostiene, es precisamente lo que sus adversarios esperan de ella.
Con la cooperación internacional mantiene una relación especialmente crítica. Sostiene que ni siquiera debería llamarse “cooperación”, sino “restitución”, dado el legado colonial y extractivista que atraviesa la relación entre el Norte y el Sur global. Y denuncia lo que llama una “tecnocracia de género”: categorías impuestas desde el Norte, como “empoderamiento”, que en la práctica han derivado en mecanismos de endeudamiento de mujeres empobrecidas a tasas de interés muy elevadas.
Para Galindo, el objetivo nunca ha sido sentarse en la mesa del poder, sino acabar con esa mesa. Bolivia tiene hoy un parlamento en el que más de la mitad de los escaños los ocupan mujeres, y aun así Galindo lo desprecia por representar una biología, no una ideología. Esa es, precisamente, la distancia que separa su proyecto de cualquier otro: no se trata de ganar sillas dentro del sistema patriarcal y colonial, sino de desarmarlo pieza por pieza, hasta que ya no quede sistema al que pedirle sitio. “No queremos inclusión, queremos revolución.”

