Piénsalo un momento: ¿sabrías decir cuántas veces esta semana has hablado con un chatbot pensando que era una persona, o has leído un texto sin saber que lo había escrito una máquina? Desde el pasado 2 de agosto, ese tipo de dudas tienen que desaparecer por ley. La Unión Europea ha activado las normas de transparencia de su reglamento sobre inteligencia artificial (conocido como AI Act). Te contamos, sin tecnicismos, qué es lo que cambia y por qué nos importa.
Lo que ya es obligatorio
A partir de ahora, cualquier organización tiene que ser clara sobre el uso que hace de la IA. En la práctica, esto significa cuatro cosas: si tienes un chatbot o una respuesta automática, debe quedar claro desde el primer mensaje que no hay una persona al otro lado; si publicas una imagen o un vídeo creado o retocado con IA que pueda parecer real (lo que se llama un deepfake), tienes que decirlo; si un texto generado con IA informa sobre un asunto de interés público, también hay que señalarlo; y si usas alguna herramienta que reconoce emociones, hay que avisar antes de usarla. Esto ya afecta a webs, redes sociales, boletines como este y cualquier atención automatizada, también en las entidades sociales.
Lo que se ha aplazado (y lo que no)
Puede que hayas leído que Europa ha “dado marcha atrás” con la IA. No es exactamente así. Lo único que se ha retrasado, hasta 2027 y 2028, son las normas para los sistemas considerados de mayor riesgo: los que deciden, por ejemplo, si te contratan para un trabajo, si accedes a una ayuda o cómo se evalúa tu situación en un proceso judicial. Todo lo demás, incluida la obligación de ser transparentes que hemos explicado arriba, sigue su curso tal y como estaba previsto.
Por qué esto nos importa de verdad
Cumplir la ley es solo el primer paso. En Sodepaz, trabajamos con datos de personas en situaciones de vulnerabilidad, y ahí surgen preguntas que ninguna norma resuelve por nosotras: ¿qué información estamos compartiendo con esa herramienta gratuita que usamos a diario? ¿Qué sesgos puede traer un modelo entrenado con textos que no reflejan las realidades con las que trabajamos? ¿Qué perdemos, como equipo, cuando dejamos que una máquina haga en segundos una tarea que antes nos ayudaba a aprender? Son preguntas que ya nos hacíamos antes de que llegara la IA. Ahora toca hacérselas también a ella.
Nuestra lectura
Hay algo un poco paradójico en todo esto: la norma nos obliga a decir cuándo usamos IA, pero no a preguntarnos si deberíamos usarla, ni para qué, ni a costa de qué. Ese debate lo tenemos que dar nosotras, en nuestras asambleas y equipos, con la misma exigencia con la que ya lo hacemos con la banca ética o el comercio justo. La transparencia es el punto de partida, no el punto de llegada.
La ley marca un mínimo. La mirada crítica y colectiva, esa la seguimos poniendo nosotras.

