DI ADIÓS AL CAFÉ TORREFACTO

Seguro que lo tienes en la cocina, lo pides en el bar de la esquina o forma parte de tu rutina matutina sin que le des mayor importancia. Sin embargo, el café torrefacto no es simplemente «café». Justicia Alimentaria nos avisa de que es un producto industrial que refleja a la perfección las grietas de un sistema alimentario que hemos aceptado sin cuestionar.

A diferencia del café natural, el torrefacto se tuesta añadiendo azúcar durante el proceso. Este azúcar se carameliza y acaba quemándose, creando una capa brillante y oscura que recubre el grano. ¿El resultado? Justicia Alimentaria nos cuenta una serie de consecuencias que van más allá del sabor: un sabor intensamente amargo y quemado que sirve para enmascarar la baja calidad del grano original; la formación de compuestos potencialmente dañinos para la salud, como la acrilamida (una sustancia química que se genera al cocinar ciertos alimentos a altas temperaturas y que está considerada como un posible cancerígeno); y un producto más barato de producir y; por tanto, más rentable para la industria, que prioriza el margen de beneficio sobre la calidad. En pocas palabras: el torrefacto no mejora el café, lo disfraza.

La existencia del café torrefacto solo se explica en un sistema donde abaratar costes, ocultar defectos y maximizar ganancias está por encima del derecho a una alimentación saludable y transparente. Justicia Alimentaria nos advierte de que mientras la industria se beneficia, el consumidor carece de información clara y accesible sobre lo que realmente está comprando. Además, se acostumbra a un sabor artificial y uniforme, y se le niega la posibilidad de elegir un producto digno, justo y de calidad. Una vez más, la alimentación se convierte en una mera mercancía, despojada de su valor cultural, social y nutricional.

España es una excepción en Europa. Mientras que en la mayoría de países el café de calidad es la norma, aquí el torrefacto sigue teniendo una presencia desmesurada en hogares y establecimientos. Esta realidad no se sostiene sobre una supuesta «tradición cafetera», sino sobre dos pilares fundamentales: la presión de la industria, que ha consolidado un mercado basado en el bajo costo, y la inacción política, que permite la falta de regulación, el etiquetado confuso y la desprotección del consumidor.

La próxima vez que compres o te tomes un café, recuerda: elige café. No te conformes con torrefacto.

(Fuente: https://mailchi.mp/justiciaalimentaria.org/celebramos-en-valncia-la-primera-asamblea-de-justicia-alimentaria-de-10966651?e=42cad74df2)