• En solidaridad con los pueblos del sur desde 1987

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Me llamo Manuela
Texto escrito por BEATRIZ MOGROVEJO, y leído en el homenaje a MArcos Ana en SODEPAZ el dia 19 de enero de 2018

Manuela era el nombre de mi tía abuela, la tía de mi madre. Murió cuando apenas tenía 21 años. Dicen que la pudrió la matriz. Un día de matanza, lavando las tripas en el lavadero, se la pegó la nieve en el manteo, estaba con el periodo y se la cortó. El médico pasaba por el pueblo cada dos o tres semanas, cuando llegó ya no había nada que hacer. Mi familia, era una familia muy pobre

Mi madre la adoraba, y cuando tuvo su primera hija, la puso su nombre. Dicen que era una mujer muy buena y supongo que buscaban en mí la misma bondad. Yo era alegre, distraída, alocada, odiaba el pueblo y sus estrecheces. Y me enamoré. Mi primer amor fue un sinvergüenza que me lo quitó todo, cuando quise darme cuenta, estaba en un burdel complaciendo los deseos sexuales de todos los que pasaban por allí, daba igual si eran más fachas o más rojos. Todos venían a lo mismo. Después de dos o tres hombres que se pusieron encima de mi, decidí salirme de mi misma, y me cambié el nombre, durante un tiempo, mi nombre fue Isabel.

Recuerdo perfectamente el día que conocí a Fernando, más conocido como Marcos Ana. Aquel hombre, con cara de pisar aquel lugar por primera vez, ruborizado, tímido, tenía ojos de niño sin ser un niño… no eran los primeros ojos de niño que veía dentro del burdel, pero aquel era un hombre adulto y tenía la mirada tierna de quién se asoma a la vida.

No recuerdo como me comporté con él, supongo que de la misma forma que lo hacía con todos, cuánto más rápido acabáramos con aquello, mejor. Tomé el dinero y quise ir al grano. Pero me paró y me paró y me pidió tiempo, y lo hizo por favor. Empezó a contarme una historia que no olvidaré jamás. Tenía 16 años cuando lo metieron en la cárcel, había librado dos penas de muerte y gozaba de su libertad recientemente.

Yo no tenía mucho dinero, las putas, aunque digan lo contrario, nunca tenemos mucho dinero. Si lo tuviéramos, no seríamos putas.

Pero comprendí que él no era un virgen cualquiera, no era un muchacho de 16 años queriendo convertirse en un hombre a golpe de ahorros, ni un pobre desgraciado que no había tenido suerte en el amor, ni un tímido queriendo despedir la timidez con el sexo. Él era un hombre libre que no sabía que significaba la libertad. Y yo había tenido la suerte de ser una de sus llaves.

Así que le invité a cenar con lo poco que tenía. Hablamos largo, era un hombre que hablaba bonito, que decía versos sin decirlos, que hacía callar el bullicio de aquel restaurante con solo un susurro, que decía miedo y todo oscurecía y decía paz y salía el sol.

Deseaba ir al hotel con él. Aquella noche  descubrí que la palabra deseo era una palabra que todavía no me habían robado, aquel fue el mejor regalo que he tenido en la vida.

Hicimos el amor. Para él era la primera vez. Para mi también. 

Supongo que él creía que de los dos que estábamos en aquella habitación del hotel, él era el único virgen, pero lo cierto es que ambos lo éramos, aunque yo fuera prostituta. Por primera vez, alguien me tocaba como si fuera una nube y me miraba como si fuera una estrella.

Cuando desperté, y le vi dormido a mi lado, pensé que yo era demasiado poca cosa para ése hombre, y que jamás volvería a verle. Tenía que hacer algo para que aquello se repitiera, había encontrado un hombre que me había hecho feliz durante un rato, y no podía dejarlo escapar. 

Abrí mi monedero, saqué el billete de 500 pesetas que costaba mi servicio, lo enrollé y lo dejé dentro de su bolsillo con una nota que decía “Vuelve esta noche”. 

Pasé el día pensando en él. Me compré un vestido verde turquesa  con la falda encima de las rodillas, recatado, discreto. Estrené unas medias de cristal que tenía guardadas para una buena ocasión y entré en el burdel vestida como quién entra a una oficina. 

Mis compañeras se rieron, se burlaban preguntándome si quería quedarme con todos los curas, pero yo ya no era yo, y aquel sitio, era el sitio de mi cita… ellas no estaban, ellos tampoco.

Esperé, esperé mucho rato, esperé todo el tiempo. Pero no llegaba. Salí del burdel y me dirigí al hotel esperando encontrarle allí. 

Cuando pregunté por él en recepción, las muchachas se miraron, sonrieron y me dieron un maravilloso ramo de flores.

“Para Isabel, mi primer amor”. 

Tengo casi 80 años, tres hijos y soy la protagonista del capítulo de un libro escrito por una buena persona. Marcos Ana recuperó su libertad a los 41 años de edad. Yo comencé a recuperarla a los 23 años, cuando aquellas flores comenzaban a secarse y decidí recuperar el nombre de mi tía abuela.

No fue fácil desprenderme de aquel hombre, no volver a buscarle, pero entendí que aquellas flores eran una despedida y un nuevo comienzo para mi.

Hace unos meses, la pasada primavera, encargué a mi hija un magnífico ramo de flores, con orquídeas, magnolias y rosas. Lo dejé bajo aquel maravilloso árbol de hojas rojas. 

Quinientas pesetas de flores que me salvaron la vida.

 

 

Ella tenía sangre en las rodillas

él tenía barrotes en la mirada. 

Ambos eran libres y ambos estaban presos

él con grilletes en los tobillos 

que le impedían andar hasta su cama 

sin siquiera parar la mirada

y ella tenía las muelas partidas

 por masticar hierro cada noche.

 

Nadie les había preguntado 

que querían ser cuando fueran mayores

 ninguno de los dos pensó que su suerte sería estar presos

el por pensar

ella por someterse. 

Los dos eran del mismo bando

El de los perdedores

El buscaba la libertad en el exilio

A ella 

La hicieron libre

Quinientas pesetas de flores

 

 

 

 

 

 

 

Homenaje a Marcos Ana

 

 

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